Me enamoré poco a poco. Sin darme cuenta te dejé profundizar en mí, marcarme con tu amor; y cuando quise escapar, ya buceabas sosteniendo mi corazón.
Empezó por gustarme tu compañía, tus bromas, hablar contigo tranquilamente. Tus piropos cursis y tímidos.
Luego, te deseé bailando bachata. Estábamos tan cerca, me abrazabas, a veces podía rozar tu mejilla con la mía; tu mano en mi espalda, la mía pasando por la tuya, por tus brazos buscando tu mano, sobre tus hombros, abrazados en un enrosque, riéndonos porque no seguíamos el ritmo, anhelando que no terminara nunca la canción, la sensación.
Después, me enamoré de tus manos. Quise poseer esas manos fuertes, grandes, fin de unos brazos musculosos que nacen en una espalda perfecta, suave, amplia, tersa. Que puede llegar a ser un muro infranqueable, tanto en sentido de entrada (si te cierras y enfadas) como de salida (si me rodeas con tus brazos y me proteges del mundo; y de mí).
Sin querer, me sentí feliz, amando todo lo que viniera de tí. Me sorprendí soñando un futuro contigo, un presente juntos, y un pasado lejano que sirvió para no añorar tu ausencia hasta que te encontrara.